miércoles, 11 de septiembre de 2013

Detenidos ambos

Las agujas del reloj golpean la madrugada
Y cada golpe invita a hacer y ser un suspiro
Una vez más estoy ahí, donde no puedo salir,
Haciendo pasado con mi mente y mi cuerpo.  

Y miro las agujas y las obligo a torcer su ritmo,
Y las llevo conmigo a andar al pasado.
Busco el momento justo en que la maquinaria fallo,
Busco el segundo fatídico que torció el andar.

Y por más que busco, no encuentro ni una señal,
Y golpeo el reloj con mis puños, e insiste en seguir,
Y le grito hasta perder la voz, pero no entiende,
El reloj no ve qué perdí, y tampoco sabe cuándo.

Me pongo de pie llena de ira y lo descuelgo,
Lo golpeo con el puño cerrado y rompo el vidrio,
Y aunque me sangren ambas manos no me detengo,
Tomo las agujas hasta sentir que la maquina se detiene.

Y lloro con el reloj hecho pedazos en mis piernas
Y miro las agujas, ahora detenidas, a no sé qué hora,
Y las tomo con mis manos y las acaricio,
Porque siento que es acariciar al pasado.

Y en ese instante las miro y las muerdo,
Las retuerzo, las piso, las escupo, las odio,  
Porque me doy cuenta que el pasado
Me hizo romper más que un reloj con el puño.

Y lo miro, y sus agujas ya no golpean la madrugada,
Y es entonces cuando noto que ese reloj
En silencio también me recuerda a vos,
Golpeándome con mutismos cada madrugada.

Y  me doy vuelta y te busco, si a vos,
A ese que me dejo como el reloj, a golpes,
Rota y tirada sobre sus piernas,  mirada,
Retorcida, pisada, escupida y odiada.

Pero no estás, ni siquiera me sostuviste
En el momento en que me hice pedazos,
No intestaste esgrimir ni una sola palabra,
Una vez mas, ese silencio letal que agudiza el dolor.

Y armo el reloj, o eso intento, pero no funciona,
Y lloro, pero de nada sirve… lo abrazo,
Sigue roto, pareciera burlarse de cada lágrima,
Y tengo la certeza, no volverá a ser el mismo.

Pero no desisto, no es mi estilo,
Lo miro detenidamente, detenidos ambos,
En un tiempo que no reconocemos,
En un futuro que no pensamos nos iba a romper.

Y seguramente si el reloj me preguntara ¿por qué?
Yo le explicaría dulcemente que me enoje,
Que me perdone, que no podía verlo más,
Ni un solo segundo, girar hacia donde no me gustaba.

Entonces decido colgar el reloj roto,
Y aceptarlo así, detenido en ese instante,
Con su vidrio hecho pedazos y sus agujas retorcidas,
Pero colgado en la pared, irreprochable.

Y yo si me disculpo, y me arrepiento de cada golpe,
Y no lo reemplazo por otro, nada ocupa su lugar.
En ese espacio de mi pared esta él, el reloj que destroce,
A golpes, una tarde de mayo, vaya a saber a qué hora. 


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