lunes, 15 de abril de 2013

El escorpión y la distancia como excusa


Miles de veces desordené tus átomos
Y de esas miles, cientos te hice aparecer…
Cada vez que lo hacías, salías de atrás mío
Porque ahí habitabas, en mi espalda, mi guardián!

Y desde mi espalda investigabas mis movimientos
Con tus manos posadas en mis caderas….
Y me indicabas el camino por sobre los hombros
Mientras dulcemente me besabas el cuello.

Y en cada beso unías tus labios y tus manos,
Que permanecían sosteniéndome allí,
Donde a mi espalda se le antoja finalizar
Para transformarse en caderas vehementes.

Pero un día me soltaste las caderas
Y sellaste tus labios… y como si eso no bastara,
Te pusiste delante tapándome el camino,
Y me cerraste la boca, y callaste mi amor.

Mi edad, mis tiempos… que paradoja…
Fue mi juventud la que me permitió
Regalarte estos días sin medir un solo limite,
Fue justamente mi juventud, la paradoja.

Y fingiste palabras inventando argumentos.
Yo jamás te inventaría, vos eras en tu ser,  
Con tus defectos y virtudes, plenamente mío,
Y en ese orden los elegía… y los miraba con amor.

Y afirmaste borrar repentinamente mi nombre,
Aunque no tengo dudas que aun lo lleves tatuado.
Porque siento que te gano la razón, del sin razón,
Y porque estoy segura que mis ojos, son los tuyos.

Porque sé que tus manos no encontraran jamás
 Mejor lugar para reposar que mi suave piel…
Esa piel inexperta que se entrego a la tuya
Dejando de lado las diferencias de texturas y olores…

Si yo te entregue mi tiempo hasta acá,
Fue porque soy consciente que eso es lo que me sobra…
Vos solo debías relajarte para saborearme
Con tu sabiduría, la que jamas ostenté.

Esa era la conjunción: juventud y sabiduría,
Conocimiento y frescura risueña,
Pasión y pausa para verme andar
Ese camino que gastaste y decidiste reavivar.  

Pero no, te gano el atropello y me dejaste herida…
Al final, vos también sos un escorpión…
Yo también se que no me matas,
Y sé que este suicidio no tiene argumentos.

Te escondiste en las metáforas,
Y borraste mi nombre propio
Porque no te animas a pronunciarlo,
Porque ambos sabemos que aun te eriza la piel.

Es una lástima que no veas lo que te hiciste,
Renunciaste al ardor de mi piel,
Renunciaste cobardemente al amor
Con la distancia como excusa.

Y con estas palabras, temblando, te entrego el puñal, 
Para que lo hundas sin un solo pretexto más…
Estoy acá, derrumbada y esperando,
La estocada del final al que jamás intente arribar.



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